domingo, 3 de mayo de 2009

Paseo inglés


Hay tierra por todas partes y siempre puedes excavar, cavar un hoyo o una zanja y sentarte allí a comer un bocadillo. Nunca es demasiado tarde cuando entiendes la hora por el sol y llevas comida en la mochila. No necesitas gorra y el agua la bebes como viene de la corriente. Entre ribazos. Sentado allí con los perros al otro lado y te parece que a cualquiera le encantaría un trozo de papel pero tú tienes las hojas secas debajo del culo y ahora sientes la superficie áspera raspándote las yemas, te libras de los restos y lo siguiente es una cabezada, echarte sobre un costado y cerrar los ojos, sin ni un alma allí, porque no hay nadie a diez kilómetros a la redonda y además tienes la casa del árbol. Cómo te encantaría una barca, pero tendrá que esperar, y de todos modos dónde sino en la costa, y eso queda lejos, bien lejos, cuarenta o cincuenta kilómetros desde tu punto, y quién necesita una barca cuando es gratis abrir la boca, los oídos, y cerrar los ojos.

miércoles, 29 de abril de 2009

Ragged company


De entre las flores, el diablo. Sabes que es el diablo aunque parece una niña. Lleva esa cesta en la mano que de repente es un ramo de flores, luego se pierde. Ahora le quedan las manos vacías y te ha puesto los ojos, inclina la cabeza a un lado, las margaritas se elevan dos palmos del suelo y oyes cantar a los escarabajos. Detrás de ella los montes y las hoyas verdes, las lomas, la colina. Hay un cartel porque podrías perderte. Subiendo la pendiente llegas a esa casa, lo que haces. Dejas a la niña atrás, masticando hierba, parece que le gusta. Vuelve a ponerte los ojos. Pasa un cuervo. A media altura, subiendo la cuesta, empiezan a dolerte las rodillas, pero es un dolor agradable, gusta mucho. Dirías que llueve, caen algunas gotas. En la cima te sientas o te tumbas, tienes la puerta al lado con el timbre en alto. Los perros están ladrando que has aparecido. Sin enterarte estás tocando el timbre. Es el diablo, la niña, quien abre la puerta…

martes, 28 de abril de 2009

lunes, 27 de abril de 2009

Tu escena con el fauno y unos cuantos animales


Entre los árboles te das de frente con el fauno de la tremenda polla cantando arias de gnomos y todas esas cosas. La hierba cruje bajo sus pezuñas y algo así te gusta lo bastante. Lleva el pelo como quiere, eso es cayéndole sobre la frente y hacia un lado. Agarra la flauta con una mano y se sostiene los cojones con la otra, te saluda con los ojos, cocea al aire. A estas alturas el coño te hace gárgaras y al fauno le están faltando manos para sacarte la ropa.

¡Bravo! Escena así sobre la hierba verde, los búhos saliendo a verte, y los gusanos y los jabalíes y las mariposas, todos en círculo, aplausos.

El fauno está agotado. Vuelve a coger la flauta y sopla dentro.

El corro aumenta, andan por allí ciervos, garzas, lobos, chinches, liendres, osos, cornejas, gaviotas, lémures…

Tu fauno sigue soplando, sin levantarse, tendido de costado, apoyado sobre un codo.

¿Tiene algo que decirte? No, no lo cree.

Pero tú ya le amas.

Silk upholstered chair

Eh, con tus magnolias finas y tus vueltos de falda, los ojos en negro. Como tener un perro y colgarle dos lámparas, si lo tuvieras. Te gusta el refresco de los lunes en la terraza al sol, las gotas sobre el pecho, todo prensado así, tan elegante. Hay una flor en tus ojos, una flor en tus labios. Volviendo la cabeza como si no lo escucharas, pero sí lo escuchas.

Tienes al hada madrina, la canción de los jueves, la carne de los brazos, el espejo, el calendario y la palanca de cambios, los ojos en blanco.

Hay esa mujer, se finge enferma cuando habla por teléfono, la voz como papel cebolla, dice: gracias, gracias y de nada. Y gracias, otra vez.

viernes, 24 de abril de 2009

En la esquina con el reloj caro y dándole cuerda

Digo que hay una gorda con ganas de comerse la esquinas de las fachadas, y un pobre cualquiera girando sobre los talones como un hijoputa derviche atado por la cintura a un motor hidráulico, como una peonza loca, el cabrón, qué culpa tiene, ninguna.

Y doscientas treinta y siete niñas saliendo como a borbotones de la puerta del colegio, todas con el conejillo ahí, frus frús, entre las piernas y tampoco tienen culpa. Algunas chupan caramelos, o se extienden pomada en el pelo, qué curiosas, digo, llamando por teléfono o masticando chicle, jugando al toca-toca en los baños del patio, con el jugo corriéndoles muslos abajo, qué alegres comadres, éstas sí que lo son.

Y un camión lleno hasta arriba de peras. Y una madre parturienta que ya tiene otra en casa. El que lleva las bombonas de gas con la espalda torcida (por ahora no le duele nada, espera diez años), y las fulanillas de postín que más que serlo lo fingen (pero no saben hacerlo, casi siempre gimen más de lo que hace falta), los periódicos en las aceras y sobre las mesas de los cafés, la bohemia intrigante y todo eso...

Y los pájaros y las flores. Que no ven los esquimales. ¿Qué pájaro ven los esquimales? Alguna gaviota confundida o polizón en un rompehielos. Como mucho un loro, el capitán lo adora hasta que se le muere.

Y canciones en las avenidas y mujeres desnudas y parques llenos de gente tumbada en la hierba.

Grande, yo voy, vamos todos.

Ah ah.

Rivulet


En la margen izquierda hay un lecho de piedras cubiertas de musgo en forma de nido. Dicen que si pasas la noche descalzo sobre esas piedras, al día siguiente llegas a sentir que hayas vivido cien años en el espacio de esas ocho o diez horas. Aparte de los niños, no hay mucha gente que le haya puesto fe, y ninguno, que yo sepa, que haya querido probarlo.