…con las ruedas de madera y las marcas en las aceras; algo con la fruta madura restallando en su rama, las patas de los pájaros y entre las patas de los pájaros; algo con hacer algo con los pies, entre los pies, los dedos; algo con las fachadas rojas y los arcos de mármol…
El mendigo está tumbado en el banco y no respira. O respira tan débil.
Hay una cierta clase de gota sin color que ya alcanza la mitad del muro y continúa bajando. De camino al suelo se llena de mierda, se pierde.
…la mujer con la boca enorme y la falda de la mujer con la boca enorme, diamantes en los dedos, las uñas largas; el hablador y los que escuchan; los ojos del hablador, los oídos; las arrugas como trenzas, la sonrisa…
Si vas a pie por tu camino, di lo que hayas visto, hazlo antes de llegar al final. Intenta decir la verdad cada vez. Cualquiera dice la verdad cuando por fin puede quitarse los zapatos y sentarse. Tú dila mucho antes.
martes, 21 de abril de 2009
Has visto al tonel de la camisa negra con la papada colgando, resollando como un aspersor atascado, como si llevase la garganta trabada de molienda de papilla, fumando al estilo suicida, lleva las gafas en la mano izquierda, las hace bailar entre los dedos mientras te mira a los ojos. Entonces es cuando entra la sudamericana de los ojos turbios. La chica es todo “come il faut”, sabe aparecer en escena, moviendo el culo como si lo llevase sujeto con un fuelle a las caderas, desde los muslos hacia arriba es toda acordeón…
Las paredes van a caérsete encima mientras el Señor Barriga de la camisa negra sigue enredando con las palabras, una y otra vez, atascado allí como una rueda de arranque, un motor que se ahoga o lo que tú quieras. La sudamericana está echando un vistazo a los tomos en piel, acaricia uno detrás de otro el musgo de los lomos y desde ahí deja caer su mano en un costado, cerrando los ojos, haciéndose preguntas…
“Cerramos a la una”, anuncia l´graisse. Me escabullo como puedo entre las tongas de libros que hacen bulto al pie de los estantes y me dejo caer por la zona de la amigable colombiana, que lo es…
De pronto está hablándome de Proust y Thomas Mann y yo comiéndole con los ojos el bulto alegre de las tetas. No sé qué dice sobre Marcel y la madre de Marcel, el costo de la vida, lo que sea que tenga que ver con eso, nos separa algo más de paso y medio y ya me noto la polla contenta. La colombiana se llama Remedios y justo entonces estoy pensando que yo tengo uno perfecto para el tajo en su entrepierna…
Don Elefante vuelve a repetir la hora de cierre. Son las menos cinco. Me llevo a Remedios aparte, de la mano, sin rodeos: “Oye, Remedios, mira, Proust me la trae bastante floja, ¿entiendes esto?”
Sus ojos como platos, ahora.
Continúo:
“Lo que yo quiero, chica, es clavártela tan hondo, pero tan hasta el fondo de todo lo que tienes, que te sobren los libros, las pelis, la comida y el aire.”
Se ha levantado un airecito amable cuando Remedios hunde la palma de su mano en mi bragueta abierta, de espaldas al gordo que cierra la tienda…
Para seguir contando lo que hay con la señora del pelo rizado y las gafas más grandes que su cara; la chica de la camiseta de flores y la nariz al estilo Kevin Bacon, brazos como cuñas, los ojos turbios pero no lo sabe; el tipo de las entradas, Vlad, parecido a otros doscientos millones; la que se ríe como una gaviota (no es bonito); el flaco de la nariz hasta la barbilla, judeizante; el del jersey tan amable; otra que se levanta de la silla arqueando la espalda, lo hace más difícil, embutida hasta el cuello en esa cosa; la gorda forrada de crema y vestido de novia frunciendo los labios, cara de asco; la del jersey de rombos y las trenzas; el de los brazos como poleas y el gesto de pánfilo; otro con frontis de perro y la traición en los ojos; el de las cuencas hundidas, su madre le corta el pelo, juega a cruzar las lenguas con su hermano; la del pelo en catarata sobre el escote relleno de carne; el de la sudadera de Boston; su amigo el enano; la de las gafas anchas y la cara estrecha. Algo con todos ellos.
lunes, 20 de abril de 2009
El tío con la cara larga y los bultos de grasa debajo de los omóplatos a través del hueco de la camisa de baloncesto, lleva el pelo largo quemado por el tinte, gafas de sol; la dependienta tirando hacia abajo de su falda cliclaquea de camino a la parada; la casi mujer del jersey de lana con el cuello alto, todo naranja, el par de zapatillas cruzadas debajo de la silla, su culo sobre el asiento detrás del pantalón vaquero; la que te pide el carnet; su amiga la gorda; las matronas en los balcones tendiendo la ropa, las tetas colgándoles sobre los antepechos como monas bravas, vacas de hogar; las palmeras y los que las podan; las aceras y los que las barren; los parterres y los que los riegan, los supermercados, las carretillas y los que las arrastran, el sol encima. Con todos ellos hay algo. El calvo de la sudadera lo lleva escrito en la frente; la anoréxica, su moño loco y su camisa a rayas puede que lo lleve tatuado en el pubis; la madre del hijo lo encuentra al mirarle. Algo con todos ellos.
En otra parte habrá bancos y flores, medicinas, fuentes. Por ahora lo que hay aquí son los tirantes del hombre que se come los mocos y te mira el escote. Pero él también lo tiene. Yo diría seguro que tú también lo llevas, y tu madre y tu hermano.
Algo en alguna parte, en el que canta más que en el que escucha, pero también en éste.
Los heterosexuales (que son) coquetos con los maricas. También eso. En la barra del bar, jugando a gustar, rozándose, los niños debajo del arco del columpio haciendo lo mismo. Bien por todos. Divirtiéndose. Gustar a una lesbiana. Seducirla. En el jardín, bien juntos, la mano de ella entre tus piernas, tan gay como cualquiera pero la pierde una polla, ¿entiendes? A las lesbianas y los maricas les cambia la cara. Hay lesbianas discretas, gays discretos. Te encanta un gay discreto, como alquien que no sabe qué hace, qué quiere. Buena gente.
El tipo de los brazos enormes, camiseta verde prensada, el otro de la nariz de boxeador, un ventanal del tamaño de los cojones de Cristo dando las once de la mañana.
Así que el tipo de la camiseta color pasto se acerca al de la nariz chata y le revuelve el pelo, le acaricia los labios: “¿Solo?”, y aún le sobran tres letras para clavarle la lengua hasta la campanilla. Allí que van a dárselo todo a los baños de al lado. ¡Grande escena!
Digo que arriba con ellos cuando ocurre alguna cosa de éstas: las mamás acechando al negro de la acera de enfrente, una cagada a gusto, los restos de anoche, un par de perros lamiéndose el culo, la mujer del pañuelo en la boca, imágenes así, como saber que de vuelta a casa va a abrirse de piernas, frotarse el jugo, su marido es el perro…
Digo que estas cosas brillan y brillan más que enaceitarse las nalgas. Digo que vayas a celebrarlo donde todos te vean, que hagas una fiesta y alguien ponga la droga, otro las putas y la pases viendo el sol hasta en el quicio de las puertas, debajo de la alfombra y en el hueco del váter.