Tu madre tiene secretos que contar al repartidor del agua y son un misterio. Por eso te lavas la cabeza diez, cien veces cuando sales a la calle pensando que ella es buena y sabia y santa y antes de tenerte a ti daba de comer a los pájaros en las azoteas y ayudaba a las vecinas a tender la ropa. Pero a lo mejor es cierto que tu madre es una cerda, puerca, guarra y tú el esputo casual de tal coño como la regleta de una central eléctrica el día 25. Pero eso no lo piensas, o lo evitas. Tu madre no gasta en bragas, no paga nunca una cena, jamás te falta un plato de comida y a ella le sobra ropa en el armario. Por qué será…sin trabajar…sin dar un palo al agua. O trabajando, trabajando duro.
Así que le preguntas:
Y ella no te contesta, sino que empieza a llorar de repente.
En casa de las Hijas de la Primavera te recibe la dueña con los brazos abiertos. Y qué vas a hacer. Todas llevan sandalias de esparto y se desnudan fácil. Cuando elijas a una de ellas, que sea la más joven, no la más hermosa. Ya sabrás por qué. Ve con ella al baño, no te vuelvas, sino mírale el caño de oro entre las piernas, descubre cómo baja el flujo, casi musical.
Las Hijas de la Primavera comen Pájaro Zushima. Comen pienso de ave. Comen caña de azúcar. Beben té.
Así que comes Pájaro Zushima. Comes pienso de ave. Comes caña de azúcar. Bebes té.
Las mañanas son dulces, florales; las noches llegan siempre como empapa el rocío. Los sueños son puros, lisos, lúcidos, brillantes. Las Hijas de la Primavera van descalzas. Y les besas los pies. Y ellas besan los tuyos.
Sólo en una ocasión visitas a la dueña. Vive bajo una pérgola, al aire libre. Y aunque no permite que lo sepas, tú lo sabes: levita al caminar y nunca roza el suelo. Canta alguna canción, no demasiado alegre, dice cosas enormes en palabras pequeñas, siempre mira a los ojos, tiembla un poco.
Ya no vuelves a verla.
Despiertas una vez y otra, y otras cien de nuevo. Y cada vez un día.
Hasta que amaneces con las pupilas llenas de pan, llenas de leche, de viento y sal, de sol, de tierra.
Y porque ya lo tienes todo, dejas atrás la casa, vuelves al camino.
jueves, 5 de noviembre de 2009
La especie de niño con antenas trepa al conejo de la última puta del mundo a divisar el horizonte en zapatillas. Entonces tu madre coge una brocha del catorce con asa de corteza de cocotero a la sombra y escribe tres letras en la frente de tu hermana pequeña:
“A G T”
Las repasa con rotulador de punta fina y suspira aliviada. A descansar de tanto mono amigo y tanta mala saña. Hace un gesto con la mano, como atrapando las estrellas en redondo, se mira a los ojos en el espejo de enfrente, suspira de nuevo.
Ahí llegas tragándote el manillar, con la manija en la boca, cayéndote de la bicicleta a punto de aplastar al perro al trote desde el buzón azul de la casa de tu abuelo muerto hasta la caverna oscura como una tienda de campaña dentro de otra cueva que te parece siempre el coño de tu vecina con su gato de angora jugando al pelo-pelo entre las piernas, recibiéndote como a los amigos un domingo por la tarde, cuando empiezan a encenderse las farolas y la luna pierde al sol abriéndole una brecha entre los ojos con el taco de un arpón para ardillas ventrudas (que eso existe) y a tu madre le importa menos que tres cojones que el hermano de su hombre valiente haya dejado de tirársela de cuatro a cinco todas las tardes impares que aquél sigue gastando con fulanas de catorce años o al calor tibio del culo de una ristra de maricones sin techo que lo último que preguntan es tu nombre.
Leonard Thomas Peterson, el marinero errante sin parche en el ojo (tu padre se lo robó en la refriega del 14, mientras dormía con la oreja izquierda sobre el vientre de la que iba a ser tu madre), se juega sus últimos cuartos con el astuto Jicky Constand (el trampero y jugador empedernido, hijo de sastre, nieto de condes). La tensión les agita las córneas y la llama en cada candelabro tiembla ante el desenlace próximo.
Es la decimoquinta carta, en este caso la que decidirá el lance. Jicky Constand está a punto de soltarla sobre el tapete verde de los viernes de agosto, junto a su copa de vino; hace un amago, silba y la retiene en su mano derecha, mira a los ojos de Leonard, abiertos y enormes como aquellas pepitas de los primeros tiempos en California (oh, las mujeres tiemblan de emoción a la espalda de cada hombre, seis por el lado de Constand, son tres por la parte de Thomas Peterson: una de ellas la famosa, dulce Marie Lou Walker-Dickinson, pariente lejana de Jicky y prometida de Leonard).
“¡Qué estás haciendo, suelta ya esa carta, Jicky!”, grita una de las muchachas (el escote bamboleante agitándose en el aire).
“¡Esa carta no gana!”, en la voz de Marie Lou, y volviéndose a su prometido: “¡Tranquilo, Leonard, ya lo tienes!”
Los dos hombres cruzan sus miradas, ninguno contesta. Jicky mantiene la carta en su mano, casi estrujándola en la palma, sigue clavado en los ojos de Leonard. Hay viejas rencillas pendientes entre ambos (pleitos testamentarios, litigios de propiedad, heridas abiertas que hablan de orgullo y codicia y se remontan al tiempo de los bisabuelos). Ahora, cincuenta y siete años después del comienzo, una sola idea nubla la mente de Jicky Constand: está a punto de hundir a su rival, enterrar para siempre al viejo odioso Leonard Thomas, primer amigo de la infancia y hoy encarnizado némesis. Todo a un solo movimiento de muñeca, dejar caer el naipe que sabe ganador sobre el tapete esmeralda. Casi escucha el corazón ahogado de su prometida (prima hermana de la famosa, dulce Marie Lou: Clara Lawrence, la de los ojos de río). Es mucha la ganancia, se lo juegan todo. Hora y media antes habían convenido en abrogar todas las causas pendientes, impugnar cualesquiera sentencias hasta la fecha a favor de uno u otro, ponerlo todo en manos de la suerte, atender al capricho de las cartas. Poner fin a la guerra para siempre.
Afuera ruge el viento que arrastra el polvo seco en corrientes contra el cristal de la ventana, haciéndolo restallar contra el vidrio como ráfagas seriadas de proyectiles fantasma. Ha oscurecido por completo, riela la luna en el cielo…
Constand no se decide.
Clara estrecha su mano: sólo suelta esa carta, hazlo, parece decirle…
La luna ondea azul sobre el agua del pozo.
Es viernes 1 de agosto de 1847.
Jicky abandona la mesa, guarda el naipe en su bolsillo.
Es el quinto asalto en el palacio de deportes que ya sabes y Clavo, el estupendo pegador parido en Cádiz, se deja la nariz, la boca, el alma y la cera de los guantes en su batir y chocar y rozar y abrazar con Albino, el estratega manso de la pegada engañosa.
Cae a la lona el estupendo Clavo, le sangra la nariz, el pabellón da vueltas.
“¡…2…1…!”
¡Clavo está en pie de un salto, antes del fin!
Gira en redondo, tiembla, baila a saltitos cortos besándose los guantes, calcula la distancia.
Albino ajusta los huecos y se besa los bíceps, también da botes cortos, en círculo, aguardando…
Clavo tiene problemas, no ve claro. Hay una nube azul en sus pupilas que de frente es blanca y de canto amarilla, por momentos restalla en tonos fucsias, verdes, rojo intenso.
“¡Me cago en la puta!”, piensa, “¡sólo me faltaba!”
¡Atención! ¡Lo acomete Albino con vapores de azufre en los ollares!
¡Acude como un frente!
¡Llora al trotar! ¡Llega sudando sangre, liberado!
¡Se le echa encima! ¡Hecho! ¡Ya está sobre Clavo, jadeante, toreándole a guantazos las mejillas!
“¡Vas a escupir la entraña, hijo de puta!”, sale de su garganta y no se escucha.
Clavo está atónito, disperso, trasladado. Lo que ven sus ojos, con retardo, es la figura enorme de Albino aún cruzando la lona, viniendo hacia él, anticipando el salto.
Y piensa que no es justo, cómo ocurre. Porque no ve y no sabe y ya no tiene ganas de seguir pegando.
Sueña de pronto una mujer y un hijo y una casa en verde y tres o cuatro perros. Y por la tarde fiesta y por las noches Ella. Cada mañana despertar sin peso, y flotar a dos palmos, tocado por la gracia, salir a ver el sol, beber del tiempo, volver a casa y otra vez con Ella, el niño en su vergel y todo en orden…
Eso detrás de sus guantes, bajo el cráneo. Fuera, Albino el desatado diseña su castigo: golpea el mentón, los flancos, el pecho y otra vez la nariz, entre los ojos, un oído. Está matando a Clavo, no le importa. Lo machaca en el suelo, gancho a gancho, va pensando:
“El último combate y a vivir la vida: una mujer, un niño y una casa en el campo. Tres o cuatro perros. Y fiesta por las tardes, las noches con Ella...”
Cuerda, el desprovisto, caminaba a pasos cortos por entre la maleza, abriendo su vereda a sablazo de plata y con los pies sangrando dentro de las alpargatas de cuero.
El primer anciano había dicho: “Sigue el rumbo del guayabo.”
Y él había seguido el rumbo del guayabo, plantación tras plantación, hasta aquel punto.
Justo frente a él otra entrada excavada en la piedra, una más, la segunda. Al fondo, entre el vaho de la niebla profunda y la oscuridad espesa de la gruta, el segundo de los ancianos portadores.
“Vete a tomar por culo”, declara solemne el venerable haciendo un alto (porque hasta ese momento metía su lengua azul a tientas en la boca de un hormiguero turgente y asqueroso junto a la pared del fondo.)
Así que Cuerda, el mozo de agarre, elige sobornar al viejo con los restos de polvo de oro en su jofaina. Entonces el anciano habla, aproximadamente una cuarta y media aún más solemne que el viejo anterior:
“Hallarás lo que buscas si lo encuentras.”
Cuerda, sin llegar a estar harto, siente algo de rabia, así que elige prender las barbas del viejo con un resto de queroseno que se saca de la guarrería que le queda entre las uñas de la última vez que trabajó en la mina. Eso y un mechero.
Empieza a llover en la selva y un olor a pata asada se cuela entre el verde. Es Gusano, el buen hermano.
Lo llaman así porque es lo que contesta a todas las preguntas:
“Soy Gusano, el buen hermano”
¿Y hace algo para demostrarlo?
Nada.
Cuerda, el prejuzgado, abre la boca:
“¿Asas pata en la selva, amigo mío?”
Gusano levanta la cabeza y observa al visitante.
“Soy Gusano, el buen hermano”, contesta. Y mantiene la mirada fija en los ojos del otro.
“Gusano, amigo, qué bueno encontrarte. Verás, tengo hambre. Llevo ya seis días de viaje y esa pata es enorme, o eso parece…”
Por toda respuesta, Gusano da un paso atrás y oculta con su cuerpo el asadero (que es nada más que un lecho de brasas techado con un par de hojas resecas de palmera) “¡Soy Gusano, el buen hermano!”, exclama con ojos nerviosos, temblándole el cuerpo.
“Tranquilo, Gusano, soy tu…tu hermano, eso es…sólo quiero…de esa carne. Sabes, esa carne. ¿Podrás compartirla?”
“¡¡SOY GUSANO, EL BUEN HERMANO!!”, grita el chiquito energúmeno con los ojos bailándole en las órbitas, y a tientas palpa a su espalda el pincho con el que asegura la ternura del Meal Deal antes de abalanzarse sobre Cuerda babeando como un perro.
Cuerda lo recibe con las rodillas arqueadas y la daga enhiesta en el centro del pecho, sostenida firme entre los puños cerrados. Y allí va a clavarse Gusano, atónito, de pronto atravesado, los ojos abiertos del que sabe que muere y los labios temblando como flanes de luxe.
“S…soy…soy Gusano…”, musita, perdiendo la vida, los ojos en blanco, “el b…buen…hermano.”
Y expira.
Cuerda se deshace del cadáver desensartándolo en suave silencio a lo largo de la longínea hoja de su daga.
Escucha y siente el peso de Gusano al caer al suelo, tan muerto.
Sonríe: sobre el lecho de brasas, bajo las hojas resecas, hay un asado esperándole.