
Del tufuro fintor sin salento unas palabras para salir de su boca azul hacia fuera con la voz y los labios enormes: “Na…na…Ná” Lleva el pelo como él, peinado en redondo como los brazos de ella, los hombros, enamorados del bulto, tanto o más que los carniceros rellenos. La níxpero vox de ella retumbando, zunfuñando contra las paredes de la queja: “¡Volvete a casa, volvé!” Pero él sin oír ni quererlo, contra la puerta abierta, zigzagueando con el hueco de sus pantalones de esmoquin para no pintar con ellos que se manchan como queriendo, se aleja. Sin hueco en el marco no va a ninguna parte. Esa noche no vuelve y ella evita dormir un poco menos quieta, menos voz de azúcar y menos queriéndole. Él lleva la copa en el labio, ahora la lleva en el labio, la sostiene ahí, con líquido y sin él, diez o catorce veces, hasta estar bien borracho y llorando. Si hay alguien que le escucha él habla de ella: cómo sus manos y cómo sus labios. Hasta y luego pararse a llorar otro poco. De su voz negra, negra, negra, por su garganta y hacia abajo como un embudo, las cuerdas como cables de piano tensas igual que campanas que gimen. Insoportable de ser. Luego acompaña a esa otra mujer sin conocerla al cuarto enquistado, hundido hacia el final de la casa como un rombo, una cuña. La cama sin perspectiva con restos de amor encima y al montarla muy puta es como si estuvieran cayéndose pero no ocurre. Del marco interior con el somier por debajo existen las mantas justas para taparse después del meneo. Cuando ella empieza a comerse las sábanas por la parte blanca, él la deja en el sitio y ya es la madrugada. Vuelve a casa y la encuentra despierta, no ha dormido.